Hace más de 20 años me hice un legrado y fue un proceso doloroso. “Te vamos a anestesiar y con instrumentos iguales a éstos te haremos el procedimiento, en menos de diez minutos estarás de regreso a tu casa”, me explicó un ginecólogo en su consultorio: las paredes tapizadas de diplomas, certificados y reconocimientos, sobre su escritorio tenía unas piezas metálicas, largas y delgadas.

Junté el dinero y fui acompañada de mi novio. Me desvistieron por completo y me recostaron en cama, me amarraron las piernas con unos lazos en los descansa piernas, y me inyectaron anestesia.

No recuerdo el procedimiento, solo que al despertar tenía cólicos y sed. Salí del consultorio sangrando mucho, al paso de los días (ocho o doce, no lo recuerdo bien) mi sangrado disminuyó notablemente.

Sin embargo, sentía mucha presión en el vientre, y un domingo, después de bañarme, pujé y pujé porque tenía muchas ganas de hacerlo, mi cuerpo me lo pedía…

Aunque pujaba no ocurría nada, pero la tercera vez que lo hice, me salió una descarga de sangre por la vagina, era mucha y dejé un charco grande de mi habitación. Volví a pujar y me salieron coágulos muy pequeños.

El lunes regresé con el ginecólogo y le conté de mis pujidos, me revisó (solo me tocó el vientre y me escuchó el corazón). Luego me dijo: “voy a inyectarte un medicamento para que pares de sangrar, has de tener una ‘fuga’, con esto que te voy a poner, la arteria se cerrará y listo”.

Y así ocurrió, al siguiente día mi sangrado disminuyó, me veía pálida, delgada y triste, así me describió el siguiente domingo mi mamá. “Sé que estudiar la universidad es pesado, pero ve con calma por favor”, me sugirió.

Me dolía mucho la cabeza, estaba rosada por el uso de tantas toallas sanitarias (llevaba mas de 20 días sangrando) y había perdido algunos kilogramos.

Además de todo lo físico, también me sentía agotada con los estudios, con las discusiones con mi novio (según él, siempre quiso tener un hijo conmigo), con mis compañeros de trabajo, con la ansiedad de que nadie notara el legrado, mi estado… la condición en la que estaba.

¿Manché mi pantalón? ¿Que cuántos días me dura el periodo? ¿Que ya no hay toallas sanitarias en la casa? ¿Que no podemos ir a nadar en fin de semana? ¿Por qué te duelen los senos, parece como si tuvieras leche, no?

Quería hablar con alguien, decirle a mi mamá, a mis hermanas, a alguna de mis amigas, tal vez a mi maestra favorita, pero sabía que me juzgarían.

Entonces guardé silencio, no dije nada, lloraba en silencio, en la ducha, en las madrugadas, no por el legrado sino por mí, porque quería gritar que me sentía cansada, débil físicamente, pero librada de un embarazo no deseado.

Así pasaron los días, los meses y un día desperté y mi flamante novio decidió que estaba enamorado de otra chica, tan solo cinco meses después del legrado. Me sentía feliz por mí, y supe que había tomado la mejor decisión.

Hace poco una amiga también abortó y se recuperó en menos de tres días, pero ella no lo hizo de forma clandestina, ella tuvo asesoría médica antes, durante y después del procedimiento (seleccionó la AMEU, aspiración endo-uterina con anestesia) que duró menos de 30 minutos entre que le explican, le ponen la anestesia, le hacen la AMEU y la llevan a recuperación.

También se aseguraron de darle atención psicológica (porque lo que más duele de un aborto es la crítica, el señalamiento, el acoso y la burla). También duele que el novio huya para embarazar a otra, a otras. Él (mi novio de la universidad) tiene cinco hijos y solo mantiene económica y emocionalmente a dos. Ya hasta es abuelo, tiene tres nietos que tampoco atiende.

Los legrados se siguen haciendo en ciudades y países donde el aborto está prohibido y no debería ser así, la OMS no lo recomienda. La Organización Mundial de la Salud, indicó que de 2010 a 2014 se produjeron en todo el mundo 25 millones de abortos peligrosos (45% de todos los abortos) al año, y  la mayoría de abortos peligrosos (97%) se hacen en países en desarrollo de África, Asia y América Latina.

Los legrados son tan peligrosos porque se perforan los úteros y las mujeres podrían morir desangradas en consultorios o en sus casas además, son costosos, porque son clandestinos e ilegales, incluso no están regulados en sus procedimientos, cada doctor tiene su técnica, su forma y sus mañas, por eso el aborto debería ser legal, para que las mujeres puedan acceder a un aborto con pastillas o con aspiración manual endouterina, los dos procedimientos que recomienda la OMS,

En cambio, en las ciudades (como la Cdmx) las autoridades sanitarias supervisan cómo se hacen las ILE  (interrupciones legales del embarazo), quiénes las hacen y cómo ayudan a la recuperación física y mental de la mujer o niña. Por eso desde 2007 (año en el que se legalizó en aborto en la ciudad de México) no ha muerto ninguna mujer por un aborto, porque no hay riesgo de perforación, de hemorragia, de infección, ni de complicación alguna.

Testimonio del legrado de María con 47 años de edad.

Por Guadalupe Camacho, @Lupichick, periodista y académica mexicana

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