Yo fui una mujer machista. Hice y dije cosas machistas muchas veces. Una de las frases que decía, hasta con orgullo, era: “yo por eso no tengo amigas mujeres, son unas hijas de puta”. Lo decía contagiada por una cultura que controla y ensucia la sexualidad de las mujeres, para la cual yo misma era una puta.

No sólo fui cabrona con otras mujeres, también fui cabrona conmigo misma: me puse en lugares y situaciones que después tardé mucho tiempo en perdonarme: soporté acosos, permití humillaciones, me puse en situaciones de peligro y, peor aún, me juzgué duramente y me castigué con relaciones violentas y destructivas.

Sé lo que es nacer mujer, crecer siendo mujer y poco a poco desencantarse de ello. Muchas veces dije: “si hubiera sido hombre sería mucho mejor”. Supongo que desde muy chica me di cuenta de que ser hombre era acceder a muchos privilegios, y no hablo sólo de ganar más, de tener menos responsabilidades y más credibilidad o de ser más fuertes porque eso nos han hecho creer; hablo de cosas para mí más simples, como trepar los árboles sin que me digan machorra, andar en la calle hasta tarde sin que me digan loca, decirle a un niño que me gusta sin que me llamen puta, poder pensar, opinar, hablar de cierta manera, cuestionar, levantar la voz, ir y venir sin pedir permiso o necesitar de un arma para protegerme, decir la verdad (eso me duele aún) sin que se dude de lo que digo porque “soy vieja y estoy loca” o porque “seguro quiero que me den”. Ahora sé que simplemente ellos se han permitido cosas que a nosotras nos han negado.

Con esto no quiero decir que ahora soy la santa feminista. Para nada, de hecho hasta hace poco no me creía digna de llamarme así, veía a las feministas a las que antes no entendía, y después temía, y no creía merecer el mismo calificativo que mujeres que tienen años luchando, que se han preparado y han enfrentado de frente (valga la redundancia) el embate despiadado de este mundo y su cultura misógina y opresiva, donde muchos se sienten con derecho a llamar putas, malcogidas, feas y gordas, de amenazar con violaciones y feminicidio a cualquier mujer que se atreva a defenderse y levantar la voz.

Pero voy aprendiendo con cada cosa que leo, con cada cosa que experimento de una manera distinta, pero sobre todo, teniendo amigas mujeres, ¡qué cosa tan hermosa, tan edificante, tan llena de sorpresas y enseñanzas! Ahí me he encontrado a mí misma, no detrás de un hombre, como antes añoré, no, del brazo de mujeres, ahí, en ese espacio femenino, lleno de todo eso que siempre subestimé: calidez, apertura, respeto, sensibilidad, empatía y una lista creciente de regalos.

Ahora me siento confiada, alegre y ufana de decir con todas sus letras: Soy feminista. Me siento orgullosa de pertenecer a una manada de mujeres que se buscan a sí mismas y luchan por su libertad y la de todas sus hermanas. Yo fui una mujer machista, ahora soy una mujer que cree en el feminismo como arma y escudo, como un remanso desde donde aprendo dignidad y fuerza.

Con información de La que arde

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