La compañera Andrea Ávila De Garay de Letras púrpuras nos comparte esta reflexión sobre lo que la sociedad nos indica es “ser una buena mujer”, desde que nos dictan el cómo debemos vestir, el cuando ser madres, el como comportarnos ¿tú qué piensas?

Dentro de los símbolos más representativos que nos dicta utilizar nuestro rol de género femenino se encuentran los zapatos de tacón. Y no es coincidencia que la gran mayoría de las mujeres que viven bajo el régimen heterosexual no cuestionen su uso, aún a pesar del dolor, real y no imaginario, que implica.

Por otro lado, las mujeres que activamente buscan desprenderse de las limitaciones que el rol de género les ha impuesto, suelen ser una historia diferente. Comparto en una parte lo que dice mi amiga Estela: para saber si una mujer es lesbiana, basta con verle los zapatos. Considero que no es únicamente una cuestión de estilo o prejuicio de mi parte (que sí lo hay, debo aceptarlo) y, aunque su comentario es el otro lado de la misma moneda al evocar estereotipos rígidos acerca de cómo son o deben ser las mujeres lesbianas, tuve oportunidad de explorar su ocurrencia en dos grupos distintos.

El primero fue en un taller para mujeres lesbianas, disidentes de género y bisexuales. En la primer sesión del taller, el saldo a favor de los tacones fue cero en más de treinta mujeres. Estela ha dado en el clavo, pensé. En el segundo grupo, un taller de feminismo para principiantes, el saldo a favor de los tacones fue uno contra más de treinta destaconadas. Pero en este segundo grupo no todas las mujeres eran lesbianas, lo cual puso a tambalear la propuesta de Estela que los zapatos de una mujer revelan su orientación sexual. Me parece que revelan mucho más que eso.

El cuestionamiento permaneció en mí, y es que aterrizar el feminismo implica observarlo en las cuestiones tan cotidianas, que hasta hemos dejado de percibirlas. Tengo otra amiga que se enoja mucho, ya que por usar tacones muy altos siempre la consideran “buga”, o heterosexual. Le he dicho ya que no lo tome personal, pero que los tacones en sí mismos son una aberración y cualquier mujer que se haya cuestionado tantito el régimen heteronormativo lo sabe.

Son una aberración como tantas de las ideas que conforman el ideal de la feminidad y del ser mujer. La influencia casi absoluta del mercado, del capitalismo, ha llevado a las mujeres a actuar en su contra, a voluntad. Con esto me refiero a que los patrones de conducta introyectados por generaciones enteras de mujeres no son siquiera cuestionados por aquellas que, en pleno siglo XXI, siguen torturándose en aras de este ideal heredado. La tortura del tacón de doce centímetros, con los dolores de tobillos y espalda baja crónicos que conlleva; la tortura de las dietas laxativas y sus consecuencias gástricas y hemorroidales; la tortura de la depilación en todas su formas y lugares; la tortura del ejercicio para obtener un cuerpo “perfecto”; la tortura de los masajes reductivos o linfáticos; la tortura de las horas invertidas en un salón de belleza, de ponerse uñas y pestañas postizas; la tortura de dormir una hora menos con tal de plancharse el cabello y emplastarse la cara hasta quedar casi irreconocibles; la tortura de tener que despintarse cada noche; la tortura de los vestidos ajustados y las fajas incómodas; la tortura mental sufrida a diario por no cumplir el ideal.

Y entonces me pregunto si es coincidencia que las mujeres feministas, y aquellas en pos de serlo, utilicen menos tacones que las que no lo son. Será que cuestionarse el rol de género en un nivel teórico nos lleva necesariamente a cuestionarnos las aberraciones en un nivel práctico del ideal de la feminidad.

Es una aberración, o mejor dicho un imposible, que una mujer tenga hijos, trabaje, tenga un cuerpo al estilo Hollywood, sea una amante suficientemente perversa y suficientemente decente, que tenga éxito laboral, intelectual, social y familiar. Todo en días de 24 horas y sin más ayuda que su propia voluntad. Y, además de esto, en el tiempo que le sobre, debe sentirse feliz, relajada y satisfecha, cuando su vida entera es correr, correr persiguiendo un ideal y lo peor de todo, en tacones.

La imagen capitalista de las mujeres nos lleva, día a día, cada vez más cerca de la locura. El problema es que, al ser una locura compartida, nos la hemos creído como verdad absoluta. La hemos absorbido por generaciones, la traemos en la sangre, tatuada en los huesos, el genoma y el inconsciente colectivo.

Es deprimente ver la cantidad de mujeres que ahorran todo lo que tienen para someterse a riesgosas y dolorosas operaciones para mutilar su cuerpo. La cantidad de tiempo, dinero, dolor y expectativas invertidos en su arreglo personal y, como dirían los de Intocable, ¿todo para qué? ¿Para que su marido no las deje o para conseguirse uno? ¿Para ser mujeres de verdad?, ¿Para sentirse bien consigo mismas?. Es triste que para sentirnos bien con nosotras mismas tengamos que torturarnos de tantas formas.

¿Y los hombres? Ellos pueden ser así, como son: gordos, flacos, duros, aguados, peludos, flojos, fachosos. Su hombría, de hecho, tiene más que ver con ser más primitivos, más naturales. Se establece entonces la premisa de que a los hombres hay que quererlos como son, y, ¿a las mujeres?

¿Será culpa de ellos únicamente? Mi preocupación real no es la opinión de los hombres, es la que las propias mujeres hemos seguido generando a no cuestionar las aberraciones que el rol de género nos ha impuesto: que inicia con un par de tacones y termina con la maternidad forzada, tema que no indagaré ahora por merecerse un escrito propio.

Todo eso le dije a mi amiga, molesta por la discriminación a sus zapatos de tortura. Le dije: tal vez no lo recuerdes, pero desde que eras muy pequeña alguien te dijo que si usas tacones te ves más arreglada, más alta, más formal, más atractiva, más mujer; y que si no los usas, eres fachosa, fodonga, inmadura, machorra, de poca clase. Ese alguien fue el mercado, ese alguien es el capitalismo, ese alguien fue un hombre, quizá a través de una mujer.

Si ser una buena mujer es una tortura, yo no quiero serlo, prefiero ser libre. Si ser libre es un imposible, prefiero morir intentando serlo. Al menos sé que podré seguir caminando todo el tiempo que sea necesario hasta lograrlo, total no traigo tacones.

En Marie Stopes te invitamos a ser libre, a tomar tus propias decisiones sobre tu maternidad, sobre tu forma de vestir, de hablar, en qué trabajar.

Con información de La Crítica

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